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Guonderlan

Juguemos en el bosque, mientras el lobo no está

Una máscara mutante nos cubre la cara.
Todo el tiempo somos otro. Y ni nos importa
A veces está bueno disfrazarse y  ser otro. Cosas de un rato nomás.
Está bien, somos varias cosas al mismo tiempo, y lo versátil nos construye.
Pero sacarse caretas es un trabajo pesado que creo que hay que tomarse.
Jugamos sin saber que jugamos. Y es bueno saber qué es lo que estamos haciendo.
Y ahi entran a jugar los permisos para jugar.
Jugar es algo de un rato, ser otro  y con otras reglas. Transformarse e inventar  el disfraz y el entorno.
Jugando, cuando somos chicos, podíamos ser cualquier cosa.
Y ahora, parece  que no sabemos jugar.
Quizás nos quede adentro eso de andar pidiendo permiso.
-má, me dejás ir a lo de Cristian a jugar un ratito?-
-bueno, pero  en una hora está la comida, no tardes...-
Y así, pidiendo permisos, pasamos la infancia. Pidiendo para jugar.
¿En qué momento cambiamos el "voy a jugar a lo de..." , por el "voy a lo de...", simplemente?
En algún momento dejamos de pedir permiso para ir a jugar, y empezamos no ya a no pedir permiso, sino a no jugar.
Nos empezamos a tomar las cosas en serio.
 Y no  con responsabilidad, eso  ya  venía de antes, de siempre. Del simple hecho de responder por lo que hacíamos.
Pero  "en serio" puede ser lo contrario de jugando, o en broma, o con gracia.
 Y en ese momento empezamos a ser grandes, a volvernos viejos, que no es lo  mismo que adultos (generalmente dejamos el "voy a jugar a lo de.." en la adolescencia).
En un momento de mi vida, a los 22 años, pude volver a decir: voy a jugar a lo de... sin pedir permiso, sólo avisando.
Vivía con mi hermano, y le decía, generalmente los viernes a la noche: voy a jugar a  Casapueblo, que era la casa de mis amigos.
Y hacíamos eso. Jugábamos.
Nos disfrazábamos, bailábamos, inventábamos un universo con sus reglas y las vivíamos profundamente por un rato.
No mucha gente lo entendía, claro.
Algunos decían: ah...hacen una fiesta. Pero una fiesta es otra cosa. Es algo extraordinario. Esto era parte de lo cotidiano.
Permitirse ser otro, en la cotidianeidad, es jugar.
Jugar es inventarse ese mundo, ese personaje, esas reglas por un rato  y dejarse atravesar, involucrarse por completo.
Pero en la vejez prematura que tenemos, lo hacemos contadas veces, en un ambiente controlado  y con excusas frescas a mano, por si nos pescan en pleno  goce lúdico: es una fiesta, estaba solo en casa, tomo clases de teatro pero no actúo en  un escenario porque lo  hago como  terapia, aca nadie me ve, es  sólo la costumbre de hablarle al perro, me compro maquillajes porque quiero mejorar mi estética, esta ropa  es la de entrecasa, colecciono cositas, estas cosas me relajan, esto lo hago para descargar tensión, así me olvido del estrés, es mi hobby.....
Todas esas excusas solo dicen: estoy jugando, no me jodan.
Y en este punto me lleno de preguntas...
¿A qué jugabas cuando eras chico y estabas solo? No con tus amigos, porque  sabemos que el grupo se autocontagia de modas televisivas o  temporales.
Cuando estabas solito, vos y tu alma... ¿qué era lo que te llevaba de la mano por ese mundo extraño? ¿ese juego  por el cual no tenías que andar pidiendo permiso?
¿Qué espacio ocupaba tu cuerpo en el mundo, durante ese juego?
¿ya te acordaste?
¿Cuánto hace que  no lo  jugás?
Date permiso vos mismo un ratito y tratá de jugarlo.
De recordar ese olor y color en los dedos.
De recorrer con los ojos cerrados ese espacio que ya  no está en el aire pero sí adentro, en un rincón.
Nadie te va a retar, ni censurar, ni  se va a reir por lo que hagas
Jugar a jugar nos  descubre en el lugar que ocupamos.
Quizás ese berretín de niño culoinquieto  lo seguimos teniendo de grandes, transformado en  trabajo, estudio, hobbys...
Pero es sólo un  juego más. El más  maravilloso de todos, ya que seguimos eligiendolo a pesar del tiempo que pasa y nos arrastra.

¿Lobo está?

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