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Guonderlan

Puertas que se abren y se cierran

La puerta que me llevaba al mar se cerró. Por más que busco, no la encuentro. Y el barrio volvió a ser casi el mismo de siempre, solitario y perdido en el medio de la inmensidad pampeana.
Pero no es igual, algo cambió. Hay caracolitos en el borde de algunas veredas, y todavía sale arena de mis ropas todas las noches.
Lejos del mar, aún siento su perfume en la piel. El viento que creo que viene de allá me trae un recuerdo extraño, como de frío dulce, en medio de este excesivo y desubicado calor de otoño.
Es muy complicado no saber adónde está viviendo una. Porque las confusiones pueden ser tremendas. Las calles, a pesar de tener siempre los mismos nombres, se ven diferentes. Y ya no tiene que ver con los colores y texturas, ni siquiera con los olores que las adornan, sino con algo nuevo en mí. No es esa sensación de lente roto, de imagen quebrada, que a veces nos envuelve. Pero tiene que ver con otro mirar.
Tomo distancia de las cosas con las manos, como cuando formaba fila en la escuela primaria, y miro con un solo ojo, y giro sobre mí misma, pero no logro darme cuenta.
Ato fuertemente los tres hilos que me pertenecen, pero son tan etéreos que se deslizan y escapan, o se deshacen antes o después del nudo.
Todas las letras que encuentro en los hombres forman las iniciales de su nombre, del de la exiliada por propia voluntad, de la única viajera como la gente que dio el barrio.
Debo centrarme, pero no sé cómo.
Mi cabeza da vueltas y vueltas, pero a mí siempre me gustó andar en calesita.
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