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Guonderlan

Abuelo

Desde que se levanta hasta que se acuesta, anda con el mate encima.
Adicto a la mateína, no deja de convidarle a todo el mundo.
Pero el precio de ese mate es caro. Hay que escucharle, por lo menos, una anécdota de la colimba, o de cuando iba a ver las orquestas típicas con los muchachos, y trataban de chamuyarse una minusa...
No nos importa mucho, porque sus cuentos son maravillosos, pero a veces cansa.
Sobre todo cuando se le raya el disco: "una vuelta me dijo que, dijo que, dijo que,dijo que...."
Ahí lo que hacemos es cambiarle al púa, o limpiarla (Nada de lectores láser. Él es como un winco), dejarlo que respire, y pueda empezar de nuevo, en otro surco.
Porque de surcos se trata: palabras que labran, siembran y cosechan, en nosotros, historias nuevas reinventadas de las suyas.

Y todo esto lo pienso mientras le pido otro mate
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