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Guonderlan

Casi una carta

¿Qué pasó esa noche en que mis ojos tropezaron con tu vida?
Cada vez que recuerdo lo natural que fue hablarte, lo simple y bello de aquella primera charla, me pregunto porqué se complicó tanto luego.
Tu voz me llegó de lejos, como una canción olvidada. Yo ya te conocía, y no lo sabía.
Las veces que ahora te pienso son distintas, pero tienen esa parte de sorpresa, de descubrirte y al mismo tiempo saberte. Eso me reconforta.
Cada vez que miro al cielo, busco debajo de las nubes el rincón exacto en que ese celeste se transforma en tus ojos.
Siempre se cae una hoja en el otoño con tu nombre. No hace ruido, apenas susurra un quejido de fueye antes de dormirse en la vereda.
Reconocer tu paso es reconocerme. El empedrado refracta las luces naranjas de la noche después de la lluvia, y aunque no haya nadie, está tu sombra.
Como un fantasma que nunca estuvo vivo, como una alucinación colectiva e imperecedera, como un viajero interminable por mi mundo.
Así sos en algunas tardes.
Cruzar la calle para mirarte, con la cara brillante de estrellas. Tus blancas manos escondidas tras gestos o bolsillos o botones o teclas.
Tus pies errantes en busca de un lugar de pertenencia.
Nada salió como pensábamos.
No importa.
Yo sé que tu alma inquieta, pero resistida a los cambios, te dice que ya no hay salidas nuevas disponibles, que los caminos se achican, y son sólo los que pueden verse.
Yo creo en las salidas invisibles, las puertas dimensionales, los agujeros de conejo.
¿Podría tomar tu mano?
Quizás en el medio haya otros caminos.
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