Correr.
Una puerta que se abre. Seguir a alguien por pasillos oscuros, húmedos.
No verle la cara.
Sentir la presencia de alguien tan cerca, qué sólo se le ve un ojo, o los dientes de la sonrisa.
Sábanas frías, que se pegan en el cuerpo.
Un estallido afuera, las manos cubriendo la cabeza.
Una cucharita se cae de la mesa en cámara lenta.
Sed. Mucha sed. Beber leche de una botella, tan apresurada que la leche chorrea al piso. Una gota de sangre salpica a la leche del piso.
Caer al agua, azul, profundo, casi inmóvil
Nadar hacia arriba, pero no encontrar la superficie. Y sin embargo, no sentir miedo, porque una ha desarrollado cierta clase de branquias.
Una mano se hunde en el agua, en las sábanas, en el pasillo, en la oscuridad y me aferra, me tira con fuerza hacia fuera.
Ojos llenos de sol de la siesta en verano. Ojos que se cierran y ven estrellitas. Calor, suavidad.
Pajaritos que cantan
Ya es de mañana.