Guonderlan |
![]() Turismo por un barrio mental casi como cualquier otro
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Se muestran los artículos pertenecientes a Octubre de 2008.
La lengua en los rincones. Y el inconciente ahí, tan hijodeputa El dolor anclado en el útero, que se desparrama armando la burbuja. El cielo gris. Los lirios amarillos. Hay fuego entre los pastos y el agua está podrida. ¿hay otra forma de describir al mundo? Hoy tu felicidad cabe en el agujero de una muela Tu respiración anoche me mentía ¿Cómo medir la calidad de un número? ¿Cuál es el mejor cinco? ¿El peor cuatro? ¿El número seis de la mitad? Adivino el río y sueño el mar. Sólo me permito ser laguna Sonidos de comida sin comida. De boca vieja colapsando. Descubro los límites entre agua y agua. Cruzo más agua. Sigo sin mojarme ¿Sos vos el que se perdió?¿por qué salí a abuscarte? ¿o soy yo la que estoy perdida? Cada pedacito del pelo y la boca, en la boca Ayer él lloró por una letras. El idioma rompecorazones Una casa grande me mira y yo la miro ¿Cuál de las dos está más habitada? Como no caben dudas, la cosa está ajustada. Faltan dos horas y media para dentro de un rato Ya casi nadie se acuerda del principio, pero igual se enganchan con el cuento. Ladrillos de piel, como puentes. Cintas. Asfalto. Casi un kilómetro desandado. La burbuja crece hacia atrás y al fondo. Nadie la quiere. La tarde se desploma. Ya es muy tarde. (escrito el otro día, en el colectivo) Se rompe el colectivo. Y una lo sabe desde el momento exacto en que se corta el ruido de fondo. Como cuando apagás un extractor de aire ( pero en el caso del extractor, uno suspira, aliviado) Claro, podía quedarme como el resto de los pasajeros esperando al siguiente, pero no podía dejar pasar esa calle desconocida de Boedo, ni ese bar que me llamaba desde la esquina. Mediodía y hambre. Me siento en el bar con nombre de calle, tapizado de fotos de tango y pido un bife con ensalada mixta. Puta madre. Siempre me olvido que la cebolla cruda me cae mal. Cuando llega la ensalada, tardo más en separar cada hilo de cebolla que en comerla. El tiempo y los gatos que caminan con cascabeles por ahi pasan a pedir mimos. Y de repente, un chillido, bajito y agudo. Y abajo de mi mesa, perseguida por un gato, pasa una laucha. Nadie, ni los dueños ni los otros comensales hacen nada. Y yo me río y sigo comiendo. Con miedo a encontrarme a la laucha trepando por mi pierna, pero sigo comiendo. Sólo me detengo a saltar cuando una cosquilla recorre mi rodilla Pero no era laucha sino gato. Además, fue el bife más rico de los últimos tiempos. Valió la pena el salto Me encantaban las claves secretas. Me había entusiasmado con las novelas y cuentos de espías, detectives y aventuras. Ya había dejado un poco atrás la idea de ser superhéroe. Se me complicaba el temita ese de la adquisición de superpoderes o el haber nacido en el mismo planeta en el que crecí. Pero no podía resistirme al misterio y a los códigos. Por eso los espías, los detectives, los aventureros y toda su parafernalia me atraían tanto. Ari y Gaby tenían unos libros sobre el tema. Mi primo, que era scout, me había prestado su manual de supervivencia ( Ser scout me llamaba mucho la atención, pero había que ir a misa y usar esa pollera-pantalón color caca con zapatos de la escuela. Eso iba en contra de mí misma) Ya había visto las dos películas de Indiana Jones. Y el joven Sherlock Holmes. Con las chicas jugábamos cestoball, escuchábamos a los Beatles, leíamos mucho y yo escribía bastante. Las historias de La escuela del fin del mundo y El gran robo en el lejano oeste se me ocurrieron por esa época. Usaba vaquero y trenzas y cordones de zapatillas con estrellas y corazones. Andaba en una bici roja y tenía un diario onírico. Me gustaba Adrián. Después Pato, que ya me había gustado antes. Después Gustavo. Después Adrián de nuevo. Tenía un novio de 15 años que se llamaba Hugo, hacía ninjutsu y era en parte japonés. Obviamente era imaginario. Creía en rituales mágicos propios, que creaba hasta en los mínimos detalles y después olvidaba. Vivía en mi cabeza la mitad del tiempo. Me gustaba ir a Quilmes a hacer lo de siempre: Escuchar tangos e historias de Titina, caminar kilómetros con Lili o el Abu mirando todas las vidrieras de zapatos, imaginarme el río cuando todos los demás eran tan jóvenes jugar a la señora Mangasverdes a la hora de la siesta, revolver los alhajeros y la puertita de las telas en busca de tesoros que alguna vez serían míos y nunca lo fueron, rezongar cada vez que me mandaban al almacén de Lito a comprar algo, esperar el 300 o el 324 para ir a Rivadavia… No saber qué hacer y disimularlo. Con Mechi habíamos cambiado el correr por el patio por los pinipons en el cuarto y el álbum de figus por las muñecas articuladas (No, no eran barbies).Y volvimos a cambiar por el diseño de ropa en blocs hechos con hojas inservibles que nos traía su papá del Ministerio de asuntos agrarios. Seguía cosiendo muñecas de tela hechas con medias huérfanas, aunque hacía más de un año que menstruaba y ya usaba corpiño 90. Creía que el punto más alto del amor lo lograbas al dormir en el mismo lugar con la persona que amabas. Si el sueño era compartido, el amor era eterno. Había pegado el estirón y los huesos me dolía a veces, pero más me dolían las estrías. Era flaca y larga, a pesar del talle 90. Buscaba señales casi fetichistas en objetos, marcas, huellas que me develaran misterios. Revisaba los cajones y los rincones con pasión. A veces iba a lo de Ariel y nos quedábamos toda la tarde leyendo, sin hablarnos, cada uno en su rincón. Queríamos saber más. Tenía que haber una explicación para cada cosa. Ya hacía tiempo que nos reíamos con Les Luthiers y que cantábamos a Charly, León, Zupay y los demás. Mirábamos Vivitos y coleando en la tele. O Polenta. Y los dibus, siempre los dibus. Ari ya tenía la commodore y yo todavía no le encontraba la gracia. Pero era mi orgullo decir que mi mejor amigo sabía de compus. Y todo esto iba a mi fascinación por las claves secretas. Un día, en el salón de matemáticas y naturales, encontré un papelito tirado con toda una clave: signos y su significado. No parecía un gran desafío. Aparecían cosas así todas las semanas en la Billiken. Pero en esta había algo… Se la mostré a las chicas y todas la copiamos. Durante un par de años la usamos para dejarnos mensajes de todo tipo, sobre todo durante la fiebre por los Hollister, Nancy Drew, Los Hardy boys y Sherlock Holmes. En mí, La Clave evolucionó. Empezó a tener reglas gramaticales más complejas. Algunas letras mutaron, o se duplicaron y triplicaron en su forma. También aparecieron reglas de puntuación y construcciones idiomáticas. Las cosas empezaron a pasar. Pasaron las modas: Jazzy Mel dejó de ser un éxito, todo el mundo se dejó el pelo largo, fuimos a todos los cumples de 15 y Chakers dejó paso a Wana. Fuimos a Bariloche. Me enamoré un par de veces, siempre de guitarristas. Dejé el cestoball. Ale se murió sin avisar. Y la mitad de la década me encontró en La Plata. Sin Ari ni Gaby. Sin las chicas. Sin Mechi. Ni mamá, papá y hermanito en casa. Empezaba a estudiar cine, y todo parecía demasiado nuevo. Ya no tenía bici. Mi corpiño era 95. El pelo me llegaba casi hasta la cintura. Seguía usando vaqueros y trenzas. La clave había viajado conmigo. La usé tanto…incluso para ayudarme a estudiar. Mis sucesivos novios, esta vez reales, nunca la quisieron aprender. Un abismo de incomunicación nos encerraba. Siguió pasando todo. Los novios, los festivales de cine, las casa, los cortes de pelo, los talles de mi corpiño. Y todo cambió tanto… Pero sigo buscando señales. Espero encontrar la baldosa floja que esconde la caja con el secreto. Mirándole los zapatos y los lunares a la gente, trato de saber de dónde viene y adónde va. Las estrías ya no duelen tanto. El corpiño es 105. Pido 3 deseos a la primera estrella de la noche, y sigo creyendo que compartir sueños es la mejor forma del amor. Hace casi dos años que no voy a Quilmes, pero me sigo cantando los tangos y las historias de Titina, y busco en las vidrieras todos los zapatos que el Abu o Lili no me van a regalar jamás. Ari y Gaby están en Israel. La flaca, en el Caribe, y al igual que Luciana, Carola, Julieta y Marisel, está casada. Mechi tiene dos hijos que ni conozco. Mi mamá, mi papá y mi hermano viven en tres casa diferentes. Hace años que no uso jeans y mi último corte de pelo es tan corto que no me permite las trenzas. Ah..y La Clave…. La Clave me permite dejarte mensajes en las paredes del barrio, en los boletos de colectivo, en las servilletas del bar, en cuadernos que no vas a leer. Y ando por ahí, escribiendo y deseando. Deseando que un día tengas ganas y la decodifiques. |